Por Lela Nargi, con fotos de Alex Welsh
Muchos jornaleros agrícolas pasan sed en casa y en el campo. Las consecuencias para su salud son graves; Provoca, entre otros problemas, afecciones renales.

Otilia Ortigoza (derecha) instala un bidón de agua mientras su madre, María López-Cerrara, la observa en su casa de Fresno, California.
Es fácil identificar las viviendas de los trabajadores agrícolas que cultivan y recolectan los campos del valle de San Joaquín, uno de los centros agrícolas más importantes de California. Suelen ser casas pequeñas. A veces su ubicación las delata: una caravana situada entre una carretera polvorienta y un bosquecillo de pistachos. Otras, la pista es el agua.
“Veo la diferencia entre los jardines verdes del este de Fresno [una ciudad de California] y los jardines amarillos del oeste de Fresno”, dice Leticia Compañ. La operadora de maquinaria agrícola se refiere a la división entre los barrios altos de la ciudad, tendentes al blanco , a un lado de la ruta 41, y la población mayoritariamente latina y de bajos ingresos, al otro, donde ella misma vive junto a su familia.
La escasez de agua no sólo es perjudicial para el césped. Investigaciones publicadas en la revista Environmental Justice muestran que los trabajadores agrícolas de todo Estados Unidos -procedentes en su mayoría de México y Centroamérica- reciben en sus hogares agua que no sólo está, a menudo, contaminada. Además, su precio es inasequible. Los propios trabajadores son muy conscientes de la situación y así lo manifiestan.
Carmen García, que recoge ajos, uvas, cebollas y naranjas, no se fía del agua del grifo de la caravana alquilada que comparte con su marido y sus hijos al oeste de Fresno. “A veces la uso, pero huele mal”, dice.

El hijo de Otilia Ortigoza se lava las manos con agua del grifo en su casa de Fresno, California. Ortigoza dice que ha enfermado por beber el agua corriente de la caravana.
Su vecina, Otilia Ortigoza, que también se dedica a la recolección de diversos productos agrícolas, dice que ha sufrido dolores de estómago y diarrea por beber el agua que sale de las tuberías de la caravana en la que conviven los cinco miembros de la familia.
Con el verano de 2023 como el más caluroso del que se tiene constancia, los defensores de los trabajadores agrícolas han aumentado la presión sobre los gobiernos estatales para que obliguen a realizar pausas para beber agua en los campos de cultivo; sólo California, Colorado, Oregón y Washington han aprobado medidas relevantes. Texas las eliminó el pasado mes de junio. Cuando el calor y la humedad alcanzan sus mayores picos, “los trabajadores necesitan beber al menos un litro [de agua] por hora porque sudan mucho”, afirmó Bethany Alcauter, directora de programas de investigación y salud pública del Centro Nacional para la Salud de los Trabajadores Agrícolas. Alcauter insistió en que la hidratación debe ser continua: Para recuperarse “No se puede ir a casa y beber 10 litros de agua”.
Rodeados de una población de 2,6 millones de personas que ya tiene 20 veces más probabilidades que sus vecinos de morir por enfermedades relacionadas con el calor, muchos trabajadores agrícolas sufren deshidratación crónica. A corto plazo, la deshidratación puede causar fatiga, mareos, náuseas y vómitos, según Laszlo Madaras, médico jefe de la Red de Médicos Migrantes (MCN). Los efectos a largo plazo de la deshidratación están relacionados con cálculos renales, hipertensión, obesidad, diabetes y lesión renal aguda (LRA). Con el estrés de la deshidratación repetida y la pérdida de minerales a través del sudor -acompañados probablemente de la ingestión de pesticidas- los trabajadores del campo padecen cada vez más enfermedades renales crónicas (ERC), que pueden requerir diálisis y provocar la muerte. Aunque las causas exactas de algunos subgrupos de ERC siguen siendo imprecisas, “hemos observado que se dan más a medida que aumenta el calor”, afirma Madaras.
Pero un estudio de 2018 mostró que el 53% de los trabajadores del sector agrícola evaluados tenían algún grado de deshidratación incluso antes de llegar a los campos. Muchos viven hacinados en viviendas sin aire acondicionado donde no pueden refrescarse lo suficiente. Alguno de los lugares en los que viven carece de agua corriente. Hasta cuando disponen de ella, a menudo no es potable y es poco probable que les ayude a reponer fuerzas.
Por ejemplo, en algunas zonas de Fresno, el agua contiene 53 contaminantes como cromo, uranio y “sustancias químicas permanentes” [que tardan miles de años en disolverse]. 17 de esas sustancias están presentes en cantidades que superan las directrices sanitarias del Grupo de Trabajo Medioambiental (EWG por sus siglas en inglés); la base de datos de agua corriente del grupo de investigación también señala que “legal no equivale necesariamente a seguro. Obtener un aprobado del gobierno federal no significa que el agua cumpla las directrices sanitarias más recientes”.
En Cantua Creek, un pueblo de menos de 500 habitantes volcado a la agricultura situado a 65 kilómetros al suroeste de Fresno, los pozos de agua contienen manganeso; los informes emitidos por su sistema local de abastecimiento de agua “dicen que el agua está limpia y que se puede beber, pero sabemos que está contaminada”, dijo Blanca Gómez, una de sus habitantes.

Blanca Gómez posa para un retrato cerca de su casa en Cantua Creek, California.
Los pozos que abastecen a las 75 viviendas de los trabajadores agrícolas de Tooleville, en el condado de Tulare, se secan con frecuencia y están contaminados con nitrato y cromo. Los camiones transportan agua varias veces al día “para que la gente pueda seguir viviendo”, explica Jessi Snyder, directora de programas de Self-Help Enterprises (SHE), una organización de desarrollo comunitario que trata de abordar las desigualdades en los servicios de vivienda y agua y las disparidades en materia de salud pública que provocan.
Los trabajadores agrícolas que compran agua embotellada “pagan dos veces”, afirma Snyder. Combinado con facturas mensuales de servicio de agua que rondan los 100 dólares, el precio del agua embotellada golpea los presupuestos de las familias con ingresos medios anuales inferiores a 30.000 dólares y roe la cantidad disponible para comida, alquiler y gasolina.
SHE tiene programas para sustituir y mejorar las infraestructuras hídricas en el valle de San Joaquín; también construye viviendas para personas de rentas bajas con subvenciones federales y estatales. Algunas acogen trabajadores del campo.
“Una vivienda decente y asequible y agua potable segura y fiable son, simplemente, imprescindibles”, afirmó Snyder. Pero garantizar ese acceso al agua está plagado de dificultades. Los pozos de la localidad de Richgrove, donde SHE ayudó a construir un complejo de viviendas para trabajadores agrícolas en los años 90, están contaminados con arsénico, nitratos y un producto químico agrícola conocido como DBCP. Mientras se construye un nuevo pozo y un depósito de almacenamiento, las familias del complejo racionan los 20 galones de agua que reciben mensualmente de SHE.
“Esto afecta a todas las actividades de la vida diaria, desde preparar el café hasta hacer la comida o ducharse”, dice Nora Virgen, que recoge uvas. Además, añade trabajo a unas jornadas ya de por sí agotadoras e incluso modifica la dieta. Virgen y Ortigoza dicen que han dejado de cocinar alimentos como sopas y alubias porque consumen demasiada agua.

Otilia Ortigoza posa para un retrato en su casa de Fresno, California. “Siento estrés… y desesperación… y como si no me valoraran”, afirma.
El lugar donde viven los trabajadores agrícolas determina quién supervisa (o no) el agua del grifo. La Ley Federal de Protección de los Trabajadores Agrícolas Temporeros e Inmigrantes (MSPA, por sus siglas en inglés) exige que las viviendas proporcionadas por los empresarios suministren agua “adecuada” a razón de 35 galones por persona por día para beber, cocinar, bañarse y lavar la ropa; también debe cumplir las normas sanitarias de cada estado. Pero, de nuevo, y según el EWG, legal no significa necesariamente seguro. Amy Liebman, directora de programas para trabajadores, medio ambiente y clima de la Red de Médicos Migrantes dijo que los inspectores de estas instalaciones suelen visitarlas al principio de la temporada de cosecha. En ese momento, “todo va de maravilla”. Pero hay mucha más contaminación [del agua]… cuando hay 100 personas viviendo en este campamento con un solo sistema séptico”, dijo.
La mayoría de los trabajadores agrícolas encuentran alojamiento en el mercado privado, fuera de la jurisdicción de la MSPA. Una vivienda situada en una zona agrícola separada de un núcleo de población también puede quedar fuera de la jurisdicción de la Ley de Agua Potable; esta legislación sólo protege los sistemas de agua “públicos” que abastecen a más de 15 hogares. Por tanto, “depende de cada persona asegurarse de que su agua es segura”, afirma Liebman.
Incluso los pozos públicos pueden secarse o contaminarse, algo cada vez más frecuente a medida que las explotaciones industriales agotan los acuíferos y el cambio climático agrava las sequías. Excavar nuevos pozos cuesta millones de dólares que una comunidad de trabajadores agrícolas no puede permitirse sin ayuda. También tarda, incluso años: Cantua Creek lleva esperando sus nuevos pozos desde el 2018. Las medidas provisionales para proporcionar agua potable pueden tener una utilidad limitada.

Un pozo contaminado en Richgrove, California, fotografiado el 7 de noviembre de 2023, que suministra agua potable a Vera Cruz Village.
A setenta millas al sur de Fresno, Allensworth, una localidad habitada mayormente por personas que trabajan en el campo, descubrió arsénico en su agua en el 2013; los nuevos pozos y tanques de almacenamiento no entrarán en funcionamiento hasta el 2025. Mientras tanto, 50 hogares recibieron donaciones de hidropaneles que extraen agua del aire, un milagro del desierto destinado a aliviar la carga de consumir agua embotellada. Uno de sus habitantes, Kayode Kadara (que no es trabajador agrícola), dijo que los paneles son “excelentes para una comunidad de trabajadores en medio de la nada”. Sin embargo, sólo suministran 2 galones de agua al día por habitante, y son tan defectuosos que, según Kadara, algunos vecinos los han desconectado.
Kadara y Compañ, en el oeste de Fresno, utilizan filtros de agua domésticos. Son “difíciles de recomendar”, afirma Jerry Tinoco, director regional de otra promotora de viviendas asequibles con sede en California, la Rural Community Assistance Corporation (RCAC). La vida útil de un filtro varía mucho “debido a las especificaciones del fabricante, el caudal de agua y las concentraciones de contaminantes, entre otras cosas”, escribió Tinoco en un correo electrónico. Los filtros también deben sustituirse de vez en cuando; si se hace de forma incorrecta, esto puede “acabar concentrando el contaminante o desarrollando crecimiento bacteriológico o de algas”. Por eso, asegurarse de que el agua está limpia antes de que llegue a las tuberías es crucial y de sentido común.
Para reducir el costo de excavación de nuevos pozos, la RCAC o SHE pueden “aumentar la capacidad” de un pozo ampliándolo hasta un tamaño suficiente para abastecer a 50 apartamentos y a 200 más de otra urbanización que pague por utilizarlo. En algunos casos, un proceso denominado “consolidación” permite a una comunidad aprovechar el pozo de un pueblo cercano, aunque algunos pueblos se resisten. “Nadie quiere que el agua salga de su cuenca”, afirma Tom Collishaw, presidente de SHE.
Sin embargo, una nueva urbanización de SHE llamada Los Arroyos, en Farmersville, no tuvo problemas para explotar el Cameron, un río cercano. Es “la mejor historia de asociación que conocemos”, dijo Collishaw. También es un modelo de lo que pueden ser viviendas verdaderamente justas para los trabajadores agrícolas cuando los promotores se preocupan lo suficiente: limpias, aireadas y con acceso a agua potable, situadas cerca de escuelas, puestos de trabajo y supermercados. Dotadas de servicios propios como parques infantiles y centros comunitarios.
La existencia de Los Arroyos pone de manifiesto el hecho de que los trabajadores agrícolas de otros lugares continúan en viviendas precarias, sin agua potable a la vista. “Siento estrés… y desesperación… como si no me valoraran”, dijo Ortigoza, del oeste de Fresno. “Somos los que recogemos la comida para las mesas [de nuestros empleadores] y a veces siento que no somos más que una herramienta para que ellos obtengan beneficios. Y estamos sufriendo”.
Este artículo ha contado con la colaboración del Nova Institute for Health.





